lunes, 14 de febrero de 2011

La curva sigmoidea.

Hace casi doce años, en la H. Facultad de Química de la UNAM, conocí por accidente –como se conoce siempre a la gente importante– a Maurizio con “z”, alto, delgado, cabello castaño y tez clara, cuya barba iba y venía de acuerdo a la estación del año y a su ánimo frente al espejo. Nos topamos en la vida como en el pasillo de “la perrera”, en las jardineras, en los laboratorios y en las porras del voley.

Después coincidimos en una fisicoquímica que los dos estábamos recursando y asesoramos juntos a un grupo de cálculo y, a pesar de que no hemos caminado siempre uno al lado del otro, estuve ahí sin estarlo cuando murió “el chino”, en sus juegos de rol y en sus penas de amor y desamor tanto como él lo ha estado en las mías.

Tras varios encuentros y desencuentros recibí, recientemente, un correo que decía más o menos así:

Asunto: Chelas pa’l Taz
Fecha: Wed, 8 Jun 2005
Hola a todos. Espero estén muy bien. Como muchos de ustedes saben, Taz se va a Francia el 30 de junio y no sabemos si volverá... Por lo que se arman las chelas en casa de Arturín (domicilio conocido por todos ustedes) el día viernes 17 de junio a partir de las 8 de la noche...

[Sonrisa: Imprimir – Cerrar ventana]

La noticia me dio gusto, la invitación para estar, una vez más, con él no podía echarse en saco roto, pero me sentí más feliz cuando supe que entre las chelas y el viaje a Francia estaba programado su Examen de Grado. De eso me enteré en el depa de Uxmal, entre cuatro paredes con mucha vida y grandes historias y en cuyos rincones se encuentran, además del polvo, las imborrables huellas de los inmortales.

Ya en la despedida (en los mismos 64 metros cuadrados en donde han llegado a entrar más de ochenta personas) dieciocho vidas coincidimos en torno al amigo que se va. Sonrisas, abrazos, brindis, fotos; una pieza de baile (la primera) y hasta una que otra lágrima no reprimida. Las miradas se encontraban para hacerse cómplices ahí en donde las palabras no tienen lugar. Corazones llenos desbordando vida.

Amores, amigos, ayeres, andares ¿Qué extraños lazos unen con tanta fuerza a esta gente? Pasan las horas, pasan los años pero el cariño queda con la certeza del presente. Pasa también la noche y la luz del día llega sin ser notada.

Llegó también el día del examen al que yo llegué corriendo porque a las seis –en punto– cerraban la puerta del Salón de Exámenes Profesionales, pero a las seis menos dos se libraba, en el estacionamiento, una batalla entre el hombre y la corbata que ganó, como a veces pasa, la corbata.

Una madre, orgullosa y feliz, se paseaba nerviosa por el inmutable piso de basalto que escupiera el Xitle, en tanto, el examinado repasaba (en la mente) su presentación, confiado de haberla practicado unos minutos antes. Los amigos aguardábamos impacientes el tan ansiado examen pues todos lo habíamos sufrido con Taz.

Tras entrar al Salón se cerró la puerta, se apagó el aire y ¡Se pasmó el videoproyector! No así mi buen amigo quien, resignadamente y muy a su pesar, presentó su tesis clara y brevemente, haciendo gala de la experiencia adquirida durante sus años como profesor de bachillerato.

El examen transcurrió, como todos los exámenes, bajo el protocolo universitario y, como casi nunca, con la franqueza de un examinado que daba respuesta a cada pregunta asumiendo el proceso como lo que es: un rito de paso que, aunque trascendental no dejaba de ser exactamente eso... pasajero.

¿El tema? Patentes sobre el ácido acetilsalicílico (vulgarmente conocido como aspirina) que, aunque para Taz no significaba ni le decía nada sobre su carrera, excepto claro el medio para titularse, a mi me recordó mis años en la facultad cuando cada fin de semestre me empacaba de un jalón tres, cuatro o hasta cinco de esas pastillitas y otras. Con el tiempo me enteré que, tratándose de la aspirina una mayor dosis no significa, necesariamente, mejores resultados.

Después de que se hubo aclarado la diferencia entre innovación y tecnología, mi amigo fue aprobado por unanimidad y por gracia divina pero mientras explicaba la curva tiempo vs innovación tecnológica me pareció que explicaba también su propia vida o simplemente a la vida toda y a sus diferentes aspectos que, me parece, se pueden representar de maravilla con una o varias curvas sigmoideas.

Lo ideal, pienso yo, es que a lo largo de la vida seamos capaces de vivir –intensamente– varias curvas de esas y antes de que una decline empezar a vivir la siguiente y así un iniciar constante, siempre diferente, con cada relación y en cada acción que decidamos emprender sin importar la circunstancia ni el lugar.

Si se piensa la vida como una sola graaaan curva sigmoidea compuesta a su vez de varias más pequeñas y dividida la una en cuatro fases podría pensar que mi amigo Mau se encuentra al inicio de la segunda fase haciendo, ahora si, lo que le hace feliz y espero que, a partir de su viaje a Francia (y con todo lo que venga), entre con fuerza en esa tercera etapa que él mismo denominó “madurez” y en donde, por fin, nos regale al mundo eso que sólo él puede darnos: El fruto de una vida vivida desde la trinchera, mezclando a ratos la ciencia con la filosofía y a veces el juego con la literatura.

[Pausa – Suspiro y veo el reloj: las seis]

Hace también casi doce años un grupo de olvidados intentó sacudirse el olvido y su desagradable [d]olor, entonces se levantaron en armas, mejor dicho se levantaron en almas, levantaron la voz y levantaron la pluma para jamás soltarla. “El olvido está lleno de memoria” escribió un poeta y porque la memoria duele se les ha ignorado, se les ha hecho a un lado. Ellos, los marginados este mes, una vez más, han hablado pero ahora son menos lo que escuchan.

Cuando visité Chiapas, la primera vez, yo tenía dieciséis años y pasé unas semanas en una comunidad de la sierra por donde Dios no ha pasado nunca, ni la electricidad, ni tantas otras cosas. Ahí conocí –también por accidente– gente amable, gente sencilla que nos abrió las puertas de sus modestas casas y nos alimentaron (el cuerpo y el alma). Nosotros, ilusamente, pensábamos que les llevábamos ayuda pero, al final, ganamos más con ellos que ellos con nuestro trabajo.

Y sin hablar su lengua ni ellos la mía, jugué sus juegos y canté sus canciones, anduve sus caminos, bebí café y bebí pozol de una misma jícara de la que bebimos todos (ellos y nosotros), eché las tortillas en sus comales y cargué a sus hijos pero lo que no esperé nunca fue toparme, al verles de frente, con la transparencia de sus miradas.

Dicen, que los ojos son el reflejo del alma y del corazón... aquellas miradas-corazones eran limpias, tristes y a un tiempo alegres, sinceras, sin temores ni rencores y entonces recordé lo que me dijo un rarámuri (hace siete años pero en otra sierra): nosotros siempre caminamos descalzos, aún cuando haya nieve, pero si necesitamos bajar a las ciudades de los blancos lo hacemos con sandalias para no contaminarnos al pisar su suelo porque sus corazones están enfermos. Las mismas miradas encontré en el norte más septentrional que en el sur más austral, nunca en mi ciudad.

Después de enero del ’94 mis padres no me permitieron regresar a Chiapas pero ahora puedo hacerlo y puedo decir, también, que tras cada rostro encapuchado me topo de nuevo con las mismas miradas transparentes...

...nada ha cambiado desde entonces. Nada ha cambiado, aún, la curva sigmoidea del EZLN empieza a subir.

Hoy y siempre, podremos escoger entre ver pasar la historia y que otros nos la cuenten (como cuando ves llover sin haber sentido, nunca, el frío en tus pies, a media noche, adentro de un charco y tener que dormir así) o elegir ser parte de ella.

La Blanche
México, D.F.
Segunda quincena de Junio de 2005.


NOTA de febrero, 2011: Taz volvió